26.12.06

Anecdotario

Desde que me conozco tengo sed. Era muy pequeño y ya bebía cual cosaco. Agua, claro. Todavía no conocía la bondad ni las maldades de la cerveza. Bien, pues me sigue pasando. Al regresar a casa suelo pillar un par de latas para tomar; por ejemplo, ahora.
Glub.
El ataque de preambulitis -necesario, aduzco- que me acabas de soportar viene a cuento de lo que estos mis ojos han tenido con sorpresa que contemplar. He conocido a las brujas de Macbeth esta misma tarde en el chino donde compro las latas. Seguían siendo cuatro sólo que ya no tan viejas. Altas, morenas de pelo largo y guapas. Muy guapas. Cubiertas de negro hasta los pies, una de ellas acaparaba la atención de la pobre dependienta mientras las otras arreaban con cuanto les cabía entre los pliegues y matojos de que iban cubiertas. Al entrar yo se han cortado un, pero, poco. Aunque la china, que me conoce, ha cogido fuerza y directamente les ha dicho "No vendo, fuera". La que le hacía de pantalla, mmm, me ha mirado y preguntado "¿Tú de aquí?" -un gitano que conocí me llamaba chino-. "No", y señalándole la puerta le he aclarado, "De allí".
El local es muy canijo, estaban abusando de mala manera. Se han marchado entre sus risitas y los resoplidos de la china, quien se ha dirigido a lamentar daños y perjuicios blasfemando en arameo orientalizado. "Eso, hija, cágate en la inmigración", no le he dicho. Y acabo de pensar ahora... cónstenos.
Gitanas rumanas. Rulan mucho por el tren haciéndose las sordas cuando son niñas. Cuando crecen lo hacen en todos los sentidos, tienen los dedos de Nosferatu.

Y poderes hipnóticos.

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