Con la misma sonrisa con la que termina de tocar me da permiso para grabarle. Lo hace como los ángeles, nos sentamos a escucharle y sólo al final recuerdo la cámara. El perro me gruñe cuando intento acariciarle y con los nedvios del respingo echo la moneda a su agua. "Sorry very", musito. "Excuse me". Él sonríe y se pregunta por qué se lo digo en inglés, aunque no dice nada. Después de todo, la moneda parece más grande desde el fondo de la lata.
Desde que la vi, Pablo, paso cada día -a horas diferentes- por la mata de hinojo que ha elegido para alimentarse hasta el resquebrajamiento. No sé si me dará tiempo a asistir al milagro, pero seguiré visitándola mientras pueda. Imagina las fotos que puedo haberle hecho ya.